El oro del Báltico se asocia con una cálida transparencia de color coñac; sin embargo, parte del ámbar parece mantequilla solidificada o queso en proceso de maduración. El ámbar lechoso, llamado «queso» en la jerga de los artesanos del ámbar, es una variedad completamente opaca y de color amarillo cremoso del ámbar báltico. Su color no procede de ningún tinte. Es pura física: la luz se dispersa en cientos de miles de burbujas microscópicas de gas atrapadas en una resina de hace decenas de millones de años.
¿Por qué el ámbar lechoso es blanco?
Cuando, durante el Eoceno, hace entre 40 y 50 millones de años, las coníferas que cubrían los territorios de la actual Escandinavia y la cuenca del Báltico sufrían daños, segregaban una resina pegajosa, una especie de apósito natural. En su interior quedaban atrapadas burbujas de aire y gotas de agua. En las variedades transparentes hay pocas. Sin embargo, en la variedad lechosa su concentración alcanza —según indican los estudios sobre el ámbar báltico— hasta 900.000 por milímetro cuadrado.
Estas diminutas burbujas dispersan la luz en todas direcciones, creando la ilusión de un color blanco o amarillo cremoso y opaco. Es el mismo principio que hace que la espuma del mar o la leche sean blancas, aunque el agua y la grasa sean transparentes por sí solas.
Curiosidad: espuma fosilizada
Los geólogos llaman poéticamente al ámbar lechoso «espuma fosilizada». La resina de la que se formó pudo reaccionar bruscamente con el agua o airearse intensamente por efecto del viento en el momento en que salía del árbol; de ahí su estructura esponjosa a escala microscópica.
¿De dónde viene el nombre «queso»?
En la jerga de los artesanos del ámbar y los joyeros, «queso» designa las piezas de color que va desde el blanco roto, pasando por el crema, hasta el amarillo intenso, a menudo con sutiles poros y «ojos» que recuerdan al queso suizo. También es característica su textura marmórea y ondulante: una huella dactilar natural imposible de falsificar.
Químicamente sigue siendo el mismo succinito, es decir, ámbar báltico, sobre el que escribimos más en nuestro compendio sobre el ámbar. Conviene recordar que el ámbar no es un mineral en sentido estricto, sino un maceral, una sustancia de origen orgánico. A diferencia de las piedras preciosas frías y cristalinas, resulta cálido al tacto, algo que se percibe desde el primer instante sobre la piel.
Las piezas lechosas representan, además, solo una pequeña parte de la extracción; precisamente por su rareza son un material muy buscado para la escultura y la joyería. Los ejemplares limpios y homogéneos, de color mantequilla, pueden alcanzar un precio superior al de las pequeñas piezas de color coñac estándar.
De los tesbih a los camafeos art nouveau
Las variedades lechosas del succinito se han valorado durante siglos no solo en Europa, sino también en Oriente Próximo. De las piezas más puras, de color mantequilla, se tallaban exclusivos abalorios de oración —tesbih— que en los países árabes se consideraban un símbolo de lujo y alto estatus. En Europa, con el mismo material se esculpían elaborados camafeos, piezas de ajedrez y lujosos objetos pequeños de uso cotidiano.
Hoy la tendencia vuelve: cada vez más personas buscan piedras de carácter orgánico e impredecible, en las que cada rasguño y cambio de tono cuenta su propia historia, en lugar de tallas perfectamente transparentes producidas en masa.
La piedra que madura
El ámbar lechoso tiene otra característica extraordinaria: cambia con el tiempo. Debido a su elevado contenido de oxígeno atrapado, las piezas se oscurecen ligeramente en los bordes con el paso de las décadas y adquieren una noble pátina de color miel. Este proceso de oxidación es completamente natural y demuestra que estamos ante un original orgánico, no ante un material sintético.
Físicamente, el ámbar es delicado: su dureza es de apenas 2–2,5 en la escala de Mohs. También tiene una densidad tan baja que flota en agua de mar muy salada. Por eso, las tormentas otoñales del Báltico, cuando el mar está agitado, son las que más ámbar arrastran hasta las playas.
¿Cómo llevar y cuidar el ámbar lechoso?
Se presenta especialmente bien en tallas redondeadas, sobre todo como cabujón: su superficie lisa y curva realza las ondulaciones marmóreas y las transiciones de color. En plata oxidada adquiere un carácter rústico, casi étnico; en oro se convierte en la quintaesencia del estilo retro y evoca el arte joyero art nouveau. En litoterapia, además, se atribuye a las variedades lechosas una energía suave y «envolvente», mientras que la medicina popular ha relacionado durante siglos el ácido succínico —presente principalmente en la «corteza» exterior de las piezas— con diversos poderes beneficiosos. Lo consideramos un elemento colorido de la tradición, no una promesa para la salud.
La resina requiere delicadeza. No la limpies en aparatos de ultrasonidos ni con productos químicos agresivos; basta con un paño suave y húmedo y, de vez en cuando, una gota de aceite de almendras o de oliva, aplicada y pulida hasta conseguir un brillo satinado. Ponte perfume antes de colocarte la joya: el alcohol de los cosméticos puede opacar la superficie de la pieza.
Encontrarás cabujones lechosos en monturas de autor en nuestra colección de joyería con ámbar y, en persona, en el taller de Brazi Druse Jewelry en Varsovia, ul. Grzybowska 61/5 (Platinum Towers). Cada pieza es diferente; la que guarda tu nube de hace millones de años ya te está esperando en algún lugar.